Conócete
Hay una cosa más difícil que conocer a otra persona: conocerse a uno mismo. Y existe otra cosa aún más difícil: aprender a aceptarse. Hablo de una aceptación total y completa, tanto física como psicológica, con lo bueno y lo malo. Porque en muchas ocasiones vemos las cosas malas y no las buenas, porque lo malo es siempre mucho más fácil de creer.
Conocerse y aceptarse a uno mismo es algo fundamental para ser capaz de conocer y aceptar a los demás. Todos debemos ser conscientes de que nadie es perfecto y que si queremos que las relaciones interpersonales funcionen es necesario saber hasta dónde se puede aceptar al otro tal y como es, y hasta donde se puede cambiar para que esa relación funcione. No hablo única mente de relaciones de pareja, sino de cualquier tipo de relación interpersonal.
Yo digo siempre que tengo muchos defectos, pero que por lo menos sé cuales son y lucho por corregirlos. El otro día, de hecho, hice un análisis sobre mi misma y me redescubrí, rememoré lo que necesito cambiar o mejorar. Pero hice un análisis sobre lo malo, y estoy pensando en hacer también un análisis sobre lo bueno, para no ver solamente el lado oscuro de mi misma. Quiero decir, sí, tengo muchos defectos, pero también algunas virtudes.
Leí en alguna parte (Creo que en el último libro de Elsa Punset) que un día hicieron en un colegio un experimiento. Una profesora les pidió a sus jóvenes alumnos que pusieran su nombre en un papel. Esos papeles rotaron por toda la clase, donde cada alumno tenía que poner una cualidad positiva de la persona cuyo nombre estaba en el papel.
No se volvió a hablar del tema, pero años después uno de esos alumnos fue a la guerra de Vietnam. Cuando encontraron el cuerpo inherte, sacaron un papel de su uniforme... era el papel en el que sus compañeros habían escrito cosas buenas sobre él. En el funeral, al que acudió la profesora y varios alumnos, el padre le enseñó el papel a la profesora y le dio las gracias. Muchos de sus compañeros confesaron que también guardaban aquel papel y que lo conservaban con cariño, puesto que se sorprendieron al descubrir lo que pensaban los demás.
No decimos las cosas buenas lo suficiente. Nos conocemos, pero muchas veces conocemos lo malo. Yo tengo uno de esos papeles guardado, de cuando fui a un campamento de verano, pero ya se me ha olvidado lo que pusieron. Era una niña, supongo que ahora sería bien diferente.
Creo que es hora de recordar quién soy. Lo bueno también.